Imagine que un cliente, cuya actividad económica normalmente genera ingresos moderados, comienza a recibir transferencias por valores muy superiores a los habituales. El dinero llega desde diferentes países, permanece…
Imagine que un cliente, cuya actividad económica normalmente genera ingresos moderados, comienza a recibir transferencias por valores muy superiores a los habituales. El dinero llega desde diferentes países, permanece pocas horas en la cuenta y después se distribuye entre varias personas.
¿Estamos frente a un caso de lavado de activos? No necesariamente. Sin embargo, algo cambió; la operación no parece coherente con el perfil conocido y, por lo tanto, merece ser analizada.
Eso es, precisamente, una señal de alerta: un hecho, comportamiento, documento u operación que se aparta de lo esperado y puede indicar la existencia de un riesgo que requiere mayor revisión.
Una señal de alerta no es una prueba; es una invitación a hacer más preguntas. El GAFI ha señalado que los indicadores de alerta pueden ayudar a detectar actividades potencialmente sospechosas; pero también advierte que un solo indicador no debe analizarse de forma aislada. Lo importante es observar el contexto completo, buscar una explicación razonable y determinar si corresponde profundizar, monitorear o reportar.
Por ejemplo, podrían llamar la atención situaciones como estas: Un cliente se niega injustificadamente a explicar el origen de sus recursos; presenta documentos contradictorios; utiliza varias sociedades sin una razón comercial clara; realiza operaciones que no corresponden con su actividad económica; cambia constantemente a las personas autorizadas, o insiste en dividir una transacción en valores menores.
También puede resultar relevante que una empresa recién constituida movilice grandes cantidades de dinero sin empleados, infraestructura ni experiencia verificable; que reciba pagos de terceros sin relación aparente con el negocio, o que opere desde jurisdicciones diferentes sin poder explicar su conexión.
Ninguna de estas situaciones demuestra, por sí sola, que exista una actividad ilegal. ¡Pero sí exige detenerse, revisar y documentar!
El análisis debería comenzar con preguntas sencillas: ¿La operación tiene sentido frente al perfil del cliente? ¿Existe una justificación económica o comercial? ¿Los documentos respaldan la explicación? ¿El origen y el destino de los recursos son comprensibles? ¿Se trata de un comportamiento aislado o de un patrón repetitivo?
Una explicación puede ser válida; pero no debería aceptarse únicamente porque fue expresada por el cliente. Cuando el riesgo lo justifique, será necesario contrastarla con documentos, registros, fuentes independientes y el historial de la relación.
Aquí aparece un error frecuente: crear una lista enorme de señales de alerta y pensar que el sistema ya funciona. No basta con tenerlas escritas en un manual. Las personas deben conocerlas, entenderlas y saber qué hacer cuando aparecen. De lo contrario, la alerta puede quedar registrada en un correo, comentarse informalmente entre compañeros o perderse dentro de un sistema sin que nadie tome una decisión.
También debe evitarse el extremo contrario: generar tantas alertas que el equipo termine acostumbrándose a ignorarlas.
Un sistema que produce cientos de avisos irrelevantes no necesariamente controla mejor; puede saturar a los analistas y ocultar los casos verdaderamente importantes. Por eso, las alertas deben ajustarse al riesgo, al tipo de cliente, a los productos, a los canales y al comportamiento esperado.
Cuando una alerta tiene una explicación suficiente, el análisis debería quedar documentado. Cuando la explicación resulta incompleta, contradictoria o poco creíble, puede ser necesario ampliar la debida diligencia, aumentar el monitoreo, escalar el caso o evaluar si la operación debe ser reportada.
La Recomendación 20 del GAFI establece que las instituciones financieras deben reportar oportunamente cuando sospechen, o tengan motivos razonables para sospechar, que determinados fondos proceden de una actividad criminal o están relacionados con la financiación del terrorismo.
Pero atención: alerta y operación sospechosa no son exactamente lo mismo. La alerta es el punto de partida; la sospecha aparece después de analizar la información disponible y concluir que la operación no cuenta con una explicación razonable o presenta elementos que justifican su reporte.
En conclusión, una señal de alerta no condena al cliente ni autoriza a realizar acusaciones. Su función es mucho más práctica: advertir que algo se apartó de lo esperado y que la organización debe comprender qué ocurrió antes de continuar como si nada.
Las alertas no sirven para señalar culpables, sirven para evitar para que lo inusual pase desapercibido.
En la próxima publicación hablaremos de la diferencia entre una operación inusual y una operación sospechosa; dos conceptos relacionados, pero que no significan lo mismo.
¿En su organización las señales de alerta generan un análisis real o solamente una notificación que alguien termina cerrando?
