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Antes de hablar de DeFi, debemos entender qué es un activo virtual.

Cuando alguien escucha la expresión “activo virtual”, normalmente piensa de inmediato en Bitcoin. La asociación no es incorrecta; sin embargo, el concepto es mucho más amplio. Para el GAFI, un activo virtual es una…

Cuando alguien escucha la expresión “activo virtual”, normalmente piensa de inmediato en Bitcoin. La asociación no es incorrecta; sin embargo, el concepto es mucho más amplio.

Para el GAFI, un activo virtual es una representación digital de valor que puede comercializarse o transferirse digitalmente y utilizarse para realizar pagos o inversiones. Esta definición no incluye las representaciones digitales de monedas tradicionales, valores u otros activos financieros que ya están regulados en otras partes de sus Recomendaciones.

Dicho de forma sencilla: es valor que existe y puede movilizarse dentro de un entorno digital.

Pensemos en un billete de cien mil pesos. Podemos guardarlo, entregarlo a otra persona o utilizarlo para comprar algo. Un activo virtual también puede representar valor; la diferencia es que no se entrega físicamente, sino que se transfiere a través de sistemas tecnológicos.

Entre los activos virtuales pueden encontrarse criptomonedas como Bitcoin o Etherium; determinadas monedas estables (stablecoins) y otros tokens que pueden utilizarse para intercambiar valor, acceder a servicios o participar en inversiones.

Ahora bien, que algo exista en formato digital no significa, automáticamente, que sea un activo virtual. El saldo que observamos en la aplicación de nuestro banco también aparece en una pantalla, pero representa pesos, dólares o euros depositados dentro del sistema financiero tradicional. Es dinero fiduciario registrado digitalmente; no necesariamente un activo virtual bajo la definición del GAFI.

Esta diferencia es importante porque solemos utilizar expresiones como “dinero digital”, “criptomoneda”, “token” y “activo virtual” como si significaran exactamente lo mismo. ¡Y no es así!

“Activo virtual” es una categoría amplia. “Criptomoneda” es una forma común de referirse a algunos de esos activos; mientras que “token” puede describir una unidad digital creada para cumplir funciones muy diferentes: pagar, invertir, votar, acceder a una plataforma o representar algún derecho.

También debe evitarse otra confusión: un activo virtual no es necesariamente dinero.

Puede utilizarse como medio de pago, pero también como instrumento de inversión, unidad de intercambio dentro de una plataforma o mecanismo para participar en determinadas actividades digitales. Su función dependerá de cómo fue diseñado, de quién lo emite, de cómo se utiliza y de las condiciones del ecosistema en el que circula.

El informe del GAFI sobre finanzas descentralizadas explica que, dentro del ecosistema DeFi, existe una “capa de activos”. Allí se encuentran tanto los tokens propios de algunas cadenas de bloques (como ETH o SOL) como otros activos digitales creados sobre esas redes, incluidas ciertas monedas estables. Estos activos representan unidades de valor que pueden intercambiarse o utilizarse en operaciones financieras ejecutadas mediante protocolos DeFi.

¿Por qué le interesan al GAFI?

No porque los activos virtuales sean ilegales ni porque toda persona que los utilice esté realizando algo sospechoso. El interés aparece porque pueden transferirse rápidamente, operar entre diferentes países y, en algunos casos, utilizar identificadores digitales que no revelan directamente la identidad real de las personas.

Estas características ofrecen oportunidades importantes para la innovación financiera; pero también pueden facilitar el fraude, el ocultamiento del origen de los recursos o el movimiento de fondos ilícitos cuando no existen controles adecuados.

Aquí conviene hacer una precisión: las operaciones realizadas con activos virtuales suelen quedar registradas en una blockchain y pueden ser observables públicamente. Sin embargo, ver una dirección digital no significa saber inmediatamente quién está detrás de ella.

Es como observar un número de cuenta sin conocer el nombre de su titular.

La transacción puede ser visible; la identidad no siempre lo es.

Por eso, el cumplimiento no debería comenzar preguntando si los activos virtuales son “buenos” o “malos”. La pregunta adecuada es otra: ¿qué actividad se está realizando, quién participa, cómo se mueve el valor y qué riesgos deben controlarse?

En conclusión, un activo virtual es una representación digital de valor que puede transferirse, intercambiarse o utilizarse en determinadas operaciones. No es necesariamente dinero; tampoco es sinónimo automático de delito.

Es, simplemente, una nueva forma de representar y movilizar valor. Y para comprender cómo funciona, debemos entender la tecnología que permite registrar sus movimientos.

En la próxima publicación explicaremos la blockchain desde cero: qué es, qué información registra y por qué varias personas pueden confiar en un sistema que no depende de una única base de datos central.

¿En su organización ya tienen claro qué operaciones involucran activos virtuales o todavía se utiliza la palabra “cripto” para referirse a todo?

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Retrato de Joany Alonso Guerrero Herrera
Joany Alonso Guerrero HerreraEspecialista en riesgos, cumplimiento, seguridad e inteligencia aplicada.